Pereza planetaria
Tenía decidido no escribir una palabra sobre el Premio Planeta. Apenas han pasado dos días desde la entrega y las redes ya han agotado los memes, los miles de autores desconocidos que enviaron su manuscrito leen la noticia con resignación y el guion mediático ha cumplido su trámite sin salirse un milímetro de la pauta. Sin embargo, la inercia del mayor galardón de las letras españolas es tan abrumadora que uno acaba comentando la jugada.

Nadie cuestiona el oficio ni el peso comercial de Isabel Allende. Lo fascinante, año tras año, es el misterio previo que rodea al certamen: el teatrillo de la plica, el seudónimo, la identidad oculta. Todo ese ritual para descubrir que, detrás del manuscrito anónimo, estaba la continuación de La casa de los espíritus. La escena roza el esperpento.
¿Se imaginan al jurado abriendo una plica y encontrándose con la historia de un joven mago con una cicatriz en forma de rayo que se enfrenta a una nueva aventura en un colegio de magia? ¿Y anunciando después, sorprendidos ante las cámaras, que la brillante mente detrás de la obra es J. K. Rowling?
El problema no es la ganadora, sino la deriva predecible de un premio que oscila sin disimulo entre dos polos: la gran estrella internacional que vende con solo poner su nombre en la portada y el rostro conocido del canal de televisión de la casa que hace lo propio con su cara en los anuncios. En la sede de Planeta, el riesgo parece haber cedido su lugar a la rentabilidad asegurada. La búsqueda de talento queda en segundo plano cuando las ventas se pueden anticipar, más aún si el adelanto alcanza el millón de euros.
Les propongo un último ejercicio de imaginación. En 1614, un tal Alonso Fernández de Avellaneda publicó una segunda parte apócrifa de El Quijote, sin permiso de Cervantes. El escritor respondió en la continuación auténtica, publicada en 1615, e incorporó referencias a aquella impostura literaria. Los derechos de autor, tal como hoy los entendemos, todavía quedaban lejos, pero la disputa por la autoría y el reconocimiento ya estaba servida.
La pregunta, más que histórica, es morbosa. ¿Qué habría ocurrido si alguien realmente anónimo hubiera presentado a Planeta una continuación de La casa de los espíritus? Lo más probable es que el asunto hubiera acabado en manos de los abogados. Salvo, claro, que la portada lleve una firma capaz de vender cientos de miles de ejemplares antes de Nochebuena. En ese caso, como bien sabemos, la conversación es otra.
Hay literaturas que avanzan por audacia y otras que prefieren no complicarse la vida. Lo segundo también puede ser un negocio extraordinario. A veces, la mejor fórmula para vender libros consiste en no arriesgarse a descubrir nada nuevo. Pereza planetaria.



