Algorithmus algorithmo lupus. Del macartismo algorítmico y otras cacerías literarias

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La escena literarIA se estremece estos días. Las páginas de cultura de los diarios, o mejor dicho, los podcasts, los blogs y las redes sociales, disfrutan en el fango de una batalla mediática: la del hombre contra la máquina, la de la máquina contra la máquina o la del hombre contra el hombre. ¿Qué sé yo?

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IA

Mucho se ha escrito y hablado ya sobre la novela ganadora del Premio Internacional de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat. Mucho, y no en el plano literario. Los opinadores frotan sus patitas en este sector cainita que disfruta de un escándalo mucho más que de la publicación de una grandísima novela. Ya tenemos conversación en cafés y librerías, un premio literario en entredicho, ¡qué sorpresa! Ha llegado la hora de los juicios sumarísimos.

Resulta escandaloso y gratificante al mismo tiempo escuchar y leer a aquellos que, orgullosos, esgrimían el argumento de «soy de letras» al sentir sarpullidos con las cifras, enarbolar el 99% por bandera en la batalla algorítmica.

Y es que se ha escuchado un grito en el Parnaso. Calíope se desangra por la herida mientras Melpómene sostiene entre sus manos el informe de Pangram que delata la dudosa AutorÍA de una obra que dicen generada por robots, algoritmos, por la IA.

Halloween está a la vuelta de la esquina, las brujas tomarán protagonismo; sin embargo, antes de que eso suceda, la caza ha comenzado y el veredicto está servido. La presunción de inocencIA desaparece, se ha invertido el sentido de la prueba, la culpabilidad flota en el ambiente, los dedos señalan sin rubor, las hoces y las antorchas se alzan. «¡Muerte al impostor!», gritan unos, no sin cierta mirada golosa a los 20.000 euros del premio. Mientras tanto, el supuesto autor de tal fechorÍA se defiende, prometiendo borradores, cuadernos de notas… El tribunal constituido por todo aquel que tiene a mano un teclado ya ha dictado sentencia a partir del criterio de una máquina. Hombres que utilizan una máquina para denunciar a otro hombre que, supuestamente, delegó su trabajo en ella. Algorithmus algorithmo lupus.

Y en medio de todo el linchamiento, otro debate. ¿Dónde estaba el jurado de prestigio? Sus nombres son por todos conocidos. ¿Cómplices del supuesto delito o meras convidadas de piedra en este drama, utilizadas para dar prestigio al premio de Almadía?

La editorial da marcha atrás ante un veredicto casi unánime, sustentado en indicios y en la cifra diabólica del 99%. La promoción queda en suspenso, se anuncian auditorías, se pone en duda el criterio del jurado. ¿HipocresÍA?

Pero no podemos ignorar el origen de este aquelarre editorial: 2.204 manuscritos provenientes de 22 países se postularon al premio. 2.203 textos que, a ojos de un jurado experto, tenían menos valor que Donde el agua trabaja, una obra que, según el algoritmo, tuvo un 1% de participación humana en su redacción. ¿Qué nos dice esto como especie? Modernos émulos de Víctor Frankenstein muriendo a manos de nuestra creación, tecnófilos masoquistas, gilipollas contumaces que seguimos alimentando el algoritmo.

No obstante, las hogueras se apagarán; no es ni la primera ni la última vez que sucede algo así. Antes el escándalo era el plagio: ni Houellebecq, ni Cela, ni Bucay se libraron de ello y, no obstante, sus nombres siguen inscritos en el panteón de la literatura. Ahora es la IA.

Al final del linchamiento popular, volveremos a la MonotonÍA. La duda sobre el papel que juegan los jurados en los premios literarios no es algo novedoso. Ayer, escritores con ínfulas trabajaban con el María Moliner al lado, buscando el sinónimo más enrevesado para demostrar su erudición; hoy la IA limpia, fija y da esplendor. Herramientas distintas, tiempos modernos, las mismas envidias, los mismos egos.

¿Quién sabe si estamos haciendo realidad otra distopía? Escritores y escritoras modificando sus textos para borrar cualquier tipo de sospecha sobre el uso de herramientas artificiales en los mismos; jurados poniendo en valor la mala escritura por parecer natural. ¡Qué ironía!

  • Este texto ha sido escrito utilizando al 100% sus palabras, sus conocimientos y desconocimientos. El autor da fe de ello y se niega, por sus santos reales, a realizarle la prueba del pañuelo. No obstante, les da a ustedes el permiso de seguir alimentando el algoritmo con sus textos. Nada le enorgullecería más que ver un texto basado en sus escritos en las principales cabeceras de nacionales e internacionales, un sueño que aún le queda por cumplir.

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