
El descubrimiento de la poesía en la adolescencia fue para mí una experiencia capital
Pedro Ruiz-Cabello Fernández, natural de Atarfe, combina su pasión por la enseñanza con un profundo amor por la literatura. Profesor de Lengua Castellana y Literatura, inició su trayectoria literaria en la infancia, llegando a publicar sus poemas en el programa radiofónico Poesía 70 dirigido por Juan de Loxa en Granada. Desde su primera obra, Nunca será la muerte como los hombres dicen (2001), ha explorado diversos géneros: poesía, narrativa breve, novela intimista, fantástica e histórica, destacando por su minuciosa reconstrucción de vidas singulares y por retratar con lirismo y sensibilidad la memoria, la infancia y la vida rural.
¿Qué recuerdos de su infancia considera que influyeron más en su vocación literaria?
Yo quería ser escritor a una edad muy temprana, con ocho o nueve años. Era el germen de una vocación que después iría dando frutos con el paso del tiempo. La verdad es que no sé cuál fue la causa de que yo tuviera casi de pronto aquella inclinación, tal vez por mi exceso de fantasía, por mi voluntad de crear un mundo ficticio, adaptado a mis deseos, igual que hacía en los juegos. Luego tuve experiencias que me marcaron y que condicionaron en gran parte mi carácter, propenso a la sensibilidad y la ensoñación. Viví en un lugar que ahora se me antoja paradisíaco, en un pueblo de campo, de casas viejas y corrales cercados de tapias de barro. Creo que sin ese entorno no hubiera sido escritor o hubiera desarrollado mi vocación de otra manera.
Sus primeros poemas fueron difundidos en Poesía 70. ¿Cómo recuerda esa experiencia y su impacto en usted como escritor joven?
Aunque ya había escrito pequeñas historias, el descubrimiento de la poesía en la adolescencia fue para mí una experiencia capital, ya que transformó mi modo de ver el mundo. Leí mucha poesía en aquel tiempo y la cultivé con enorme pasión. Fruto de aquellos poemas que escribí fue la inclusión de una selección de ellos en el programa radiofónico que dirigía en Granada Juan de Loxa. Yo era muy joven, apenas tenía diecisiete años. La emoción que sentí la noche que oí mis poemas en la radio es indescriptible, era la confirmación de que me hallaba en el camino cierto. Eran poemas en los que había alcanzado, a pesar de mi temprana edad, una gran madurez; quizá se trataba de algo precoz.
En Fragmentos de vida, los recuerdos y la memoria ocupan un papel central. ¿Cómo decide qué momentos incluir y cuáles dejar fuera?
Yo había escrito ya algunas novelas basadas en los recuerdos, de un tono lírico. Sin embargo, me habían quedado muchas cosas por contar y decidí referirlas en ese nuevo libro, que fue surgiendo poco a poco, según regresaban los recuerdos a mi memoria. Lo escribí de forma fragmentaria, como un intento de ajustar cuentas conmigo mismo, con mi propia conciencia, sin el propósito de publicarlo. Fue después, al cabo de un tiempo, cuando me di cuenta de que no era un mero libro de memorias y que merecía la pena que se editara, porque estaba muy bien escrito y porque tenía, a pesar de que partía de unas experiencias personales, un carácter universal. Como decía Ernesto Sábato, «lo que le pasa a un personaje literario puede pasarle a cualquier ser humano»; es lo que hace grande a la literatura.
Su novela Días de siembra refleja la vida en el campo con delicadeza y lirismo. ¿Qué le atrae de la temática rural?
Nací y me crie en un pueblo de campo, situado en la vega granadina. Mi padre era, además, agricultor y muchos hombres de aquel entorno, amigos de mi padre, también lo eran. Yo soy hijo de ese ambiente, por lo que no dejo de recrearlo en mis obras, como ocurre en Días de siembra, una novela que se sitúa en unos tiempos en los que los trabajos agrícolas no se ejecutaban con los medios actuales, sino de un modo rudimentario.
En Castellano derecho destaca el papel de Alfonso X en la lengua castellana. ¿Qué le llevó a interesarse por esta figura histórica?
Es una figura que me atrajo desde que la estudié en la facultad por la importancia que tuvo para la cultura y para la formación del castellano como lengua culta. Después, cuando me dediqué a estudiar a fondo su vida, comprendí que no estaba equivocado, ya que se trata sin duda de una figura interesantísima, no solo por la labor que emprendió, sino también como ser humano, por las adversidades a las que tuvo que enfrentarse. En la obra, como no podía ser de otra manera, se resalta el modo en que se preocupó por el cultivo derecho del castellano, por el tratamiento que habían de darle sus colaboradores a una lengua vulgar que no había acabado de fijarse, pues existían muchas modalidades de habla castellana, mucha diversidad. Con las obras que se escribieron en su corte nació el castellano literario.
Ha trabajado en géneros muy diversos: poesía, narrativa breve, novela histórica y fantástica. ¿Qué retos plantea cada uno de ellos?
La poesía me abrió las puertas de la literatura. Aunque la abandoné por un tiempo, después la retomé e incluso llegué a publicar un poemario, Mi amor entre sus letras. Hay quien dice que yo soy un poeta que escribe novelas y cuentos. En mis obras en prosa se pueden hallar, en efecto, muchos pasajes poéticos, sobre todo en las descripciones.
En cuanto a la narrativa breve, su cultivo es algo posterior, aunque yo he sido siempre un gran lector de relatos; creo incluso que el origen de la narrativa está en el relato. Me gustaba tanto el relato que a la fuerza tenía que cultivarlo, como así sucedió a partir de una época: he escrito un gran número de narraciones breves, la mayoría de ellas inéditas.
La novela histórica fue, en verdad, un reto como escritor, porque es el género más difícil, el que requiere más trabajo. He publicado tres novelas históricas, en las que recreo las vidas de Alfonso X el Sabio, Juana I de Castilla y Fernando VI; curiosamente, los tres fueron personajes desgraciados, quizá los reyes más desgraciados de nuestra historia.
La novela fantástica, por su parte, fue una aventura que me proporcionó grandes satisfacciones. Escribí una novela fantástica, Taifar, en la que contaba la historia de un reino imaginario. Una segunda parte de esta novela ha quedado inédita.
Su experiencia como docente ha sido intensa y prolongada. ¿De qué manera influye la enseñanza en su escritura?
La docencia constituye también una vocación; es un trabajo duro que precisa mucha paciencia y dedicación. Durante los años en que la he ejercido, he procurado inculcar en los alumnos el amor por la lengua y por la literatura. Muchas de las experiencias que he tenido en el mundo de la enseñanza están contadas en mis libros, sobre todo en Fragmentos de vida.
La fe en los valores humanos y la superación personal aparecen en varias de sus obras. ¿Cree que la literatura puede transmitir esperanza y enseñanzas morales?
Creo que sí. Yo soy fiel a mis principios, a las creencias que tengo. Uno de los principales valores que transmito es el espíritu de superación. Como dijo una vez Javier Cercas, «la literatura no puede transformar el mundo, pero sí puede transformar la visión que se tenga del mundo».
¿Qué importancia le concede al lirismo y al estilo narrativo frente a la trama en sus novelas?
En las narraciones debe haber un equilibrio, una armonía. El escritor tiene que saber administrar bien los materiales con los que cuenta. La trama es la base de toda narración, la estructura en la que se sustenta, mientras que el estilo y el lirismo son elementos necesarios para que el conjunto tenga un valor estético, para que guste. Si una obra no gusta o no tiene un estilo definido, pierde valor, aunque esté muy bien construida o cuente cosas muy interesantes.
Muchas de sus historias giran en torno a personajes que enfrentan desdichas y adversidades. ¿Qué busca transmitir con ellos al lector?
El ser humano sueña y muchas veces comprueba que sus sueños no se cumplen. Es un ser limitado que ama, sufre, se enfrenta a adversidades, se siente débil e indefenso. Yo creo que de esa debilidad y de esa indefensión nace la novela moderna. El gran asunto de la novela es la vida; por eso me interesa presentar la vida como es, con su carga de dificultades y desengaños.
¿Cómo aborda la investigación histórica cuando escribe novelas basadas en hechos o personajes reales?
Es una labor ardua, una labor de estudio que requiere mucha aplicación. Es necesario documentarse bien, contrastar fuentes. Muchas veces surgen dudas que hay que resolver, son dudas que se plantean incluso durante el mismo proceso de creación. Sin embargo, no hay nada definitivo, porque por mucho que se investigue siempre quedan agujeros negros en la historia, pasajes oscuros que el escritor ha de completar con su imaginación.
¿Qué proyecto literario o tema le gustaría explorar en el futuro que aún no haya abordado?
Continuaría por el camino de la fantasía, pues es el que puede deparar más sorpresas, el que depara más libertad al creador. Me siento siempre tentado a alejarme de la realidad, a inventar mundos nuevos. Es una línea que me gustaría seguir explotando, ya que es inagotable.
Publicada originalmente en Publishnews


