
Leer por primera vez un libro de un escritor o escritora que no se conoce es un acto de fe
Gladys Ruiz de Azúa de Aracama es una autora que ha construido una voz literaria extremadamente personal, marcada por la mezcla de territorios, memoria e imaginación. Es hija de emigrantes españoles, y formada en música y periodismo. A los cincuenta años decidió dedicarse plenamente a la escritura, iniciando una carrera reconocida por numerosos premios literarios.
Sus obras exploran personajes que se enfrentan a sus deseos, contradicciones y límites morales. En obras como Arcamia, donde los dragos sangran, Cinco Camas para un muerto, La noche que se apagaron las estrellas, El disfraz de los sueños y Cuentos derramados, sus historias exploran emociones profundas, personajes singulares y situaciones que ponen a prueba los límites del miedo, la esperanza y la imaginación.
Comenzó a escribir a los cincuenta años ¿Qué ocurrió en ese momento de su vida para dar el paso definitivo hacia la escritura?
Últimamente me ha dado por pensar que mi necesidad de empezar a escribir fue un acto subversivo: nació de la rabia y la rebeldía. Eso ocurrió hace ya veintidós años, cuando tuve que enfrentarme a un momento especialmente duro de mi vida. Acababa de emigrar y dejaba atrás prácticamente todo aquello sobre lo que yo creía que se sostenía mi identidad. Me sentí despojada y perdida. Entonces comprendí que era imperativo encontrar y adueñarme de “algo” que nada ni nadie pudiera quitarme, un “espacio” propio donde pudiera renacer, descubrir quién era verdaderamente, soñar, imaginar, reconstruirme… Ese “espacio” sagrado, esa torre fortificada fue la escritura. Ahí comencé a escribir lo que después sería mi primera novela El disfraz de los sueños. Nunca antes había sentido esa forma de ser más libre, más auténtica, más plena y poderosa. Nadie podría quitarme eso.
¿Tiene algún método o rutina personal que le ayude a iniciar una nueva historia cuando se enfrenta al proceso de la escritura?
Hay dos momentos muy bien delimitados en mi proceso creativo. El primero es más bien de índole intuitiva, casi mística. De pronto ves una imagen, te llega una frase o una sensación, o te escuchas diciendo algo casi absurdo (lo que puede ocurrir mientras plancho, paseo en la moto con la mente perdida o al momento de despertar). Entonces corro a anotarlo en cualquier parte o lo repito como un loro para no olvidarlo porque sé que ahí hay “algo”. Pura intuición. Luego viene la rumia, el darle vueltas a la idea y sentarte a escribir sin soltarla convirtiéndola en una obsesión hasta que te atrapa y se apodera de ti. Entonces no hay vuelta atrás. Lo que ocurre después es totalmente impredecible: éxtasis, pánico, plenitud, impotencia…
Su primera novela El disfraz de los sueños, marcó el inicio de su trayectoria literaria ¿Qué recuerdos tiene del proceso de escribir y publicar su primer libro?
Recuerdo que cuando empecé a escribir El disfraz de los sueños no tenía objetivo cierto, mucho menos alguna visión clara de futuro, no había en mí ni la más remota idea de hacia dónde me llevaba aquello y ni me importaba. Solo escribía: como un niño abstraído en su juego. Era un acto visceral desde la ignorancia y la inocencia más absolutas, en plena libertad. Comencé por contar la historia de mi padre, el carpintero de ataúdes navarro que emigra a Venezuela en busca del sueño americano. Luego, todo se desbocó y corrió por su cuenta (por decirlo de alguna manera); de pronto, aparece en el deseo de mi imaginación un personaje inesperado: Carmarina, una negrota con mezcla de sangres que se dedica a la adivinación y la brujería. Estaba claro que la tal Carmarina tendría que ser por fuerza el ángel de la guarda negro que protegería a alguien, pero no precisamente al carpintero sino a su hija, la que se convertiría en la verdadera protagonista de la historia: Elia, una niña extraña vestida siempre con un disfraz de bailarina y dotada de un poder en sus ojos que la condenaba a la clarividencia y a su mudez autoimpuesta. Al final todo encajaba: mi padre era España, Carmarina simbolizaba la América caribeña y brujera, y la niña…, la niña era el producto de aquel choque y aquel encuentro entre esos dos mundos. Esa niña era yo. Había logrado la forma más disparatada, fantástica y mágica de contar el comienzo de mi historia
En Arcamia, donde los dragos sangran se sitúa entre lo real y lo fantástico ¿Qué le atrae de ese territorio narrativo donde lo cotidiano puede volverse inquietante o simbólico?
Mientras escribía El disfraz de los sueños me aventuré a escribir relatos descubriendo que era un género que me fascinaba, algunos recibieron premios literarios y otros fueron incluidos en Arcamia: donde los dragos sangran: doce relatos protagonizados por los personajes más inverosímiles, a modo de injertos que eclosionan sin permiso ni leyes, como por ejemplo Santina, que además de santa es también puta y virgen; o como el joven trabajador funerario que se enamora hasta la obsesión de la primera mujer que embalsama… Siempre me preguntan que de dónde saco esos personajes, que cómo puedo inventarme esas historias… Si respondo que no sé, quedan insatisfechos; si digo que salen de mi parte más oscura, me miran raro; ni qué decir si nombro el vacío existencial, el inconsciente colectivo, lo holístico o las místicas del siglo XII… Son cuentos extraños. Yo escribo cuentos extraños.
En Cinco Camas para un Muerto, premiada por su estilo narrativo ¿Qué buscaba explorar en esa historia y que la diferencia de sus otros libros?
Cinco camas para un muerto es una apología a la “santidad” de la lujuria, las caretas más grotescas del amor y la reivindicación de la muerte como posibilidad imaginativa. Es pícara, sensual, divertida… y a la vez muy profunda, porque la muerte está siempre ahí como guionista. Cuenta las venturas y las desventuras de un caballero adicto al sexo que colecciona mujeres atípicas y estrafalarias o, visto de otra manera, la historia de cinco mujeres —fuera de catálogo— que comparten al mismo hombre en un equilibrio peligroso. Los vicios también pueden redimirnos y la muerte no es tan mala como la pintan. Todas mis obras son muy diferentes entre sí en cuanto que han evolucionado en la medida que yo lo he hecho como escritora y como persona, pero, sin embargo, mi “voz” y mi estilo permanecen con la intención insobornable de ser auténticos; el lenguaje siempre muy trabajado; pretendo mover y conmover incluso hasta la incomodidad o el desagrado pero buscando siempre en lo posible la belleza hasta en lo más ominoso o abyecto, la universalidad y la trascendencia de un ser humano que, en lo más esencial, no difiere mucho del de La Odisea, porque su confusión y su estructura son las mismas, lo único que cambia en su “ser” y en su “estar” es la forma, las máscaras o los dioses que utiliza para hacerse las mismas preguntas, ¿quién soy?, ¿qué hago aquí?, ¡dónde estoy y para qué?, ¿qué quiero?, ¿qué busco?, ¿hacia dónde voy?
La noche que se apagaron las estrellas narra la aventura de Mateo, un niño que decide salir al mar en busca de su padre desaparecido ¿Cómo nació esta historia y que quería transmitir a los lectores a través de ese viaje lleno de emoción y esperanza?
Es el único cuento infantil que he escrito y lo hice para mis nietos, como un legado. He intentado trasmitirles la importancia de que expresen sus emociones, de valores como la bondad, la empatía, el sacrificio, el esfuerzo compartido y los propósitos que salen del corazón. El relato termina con esta frase «porque este cuento tiene principio pero no tiene fin», porque cada lector, cada niño o niña, tiene la oportunidad de imaginarse la continuación de ese cuento… y hasta de escribir la mejor versión de su propia historia.
En Cuentos Derramados, reúne siete relatos protagonizados por personajes muy distintos ¿Qué hilo común quiso establecer entre estas historias aparentemente independientes?
Cuentos derramados es mi obra más reciente. Hay un gran salto entre Cinco camas para un muerto y estos relatos. Siento que en ellos me he dado permiso para que resurja aún con más vitalidad mi “sombra”, la zona más turbia, por no decir perturbadora de mí, y así poder reconciliarme con ella, porque solo en la oscuridad se valora la luz. Escribir desde esta perspectiva supone una maniobra peligrosa, un poco mística, un poco salvaje. Todos llevamos un monstruo por dentro, más o menos desapacible, más o menos aterrador. De eso tratan estos cuentos. Sus personajes cargan sus propias sombras y se enfrentan a las pruebas del destino movidos por todos sus miedos, sus incertidumbres, la sed de venganza, el odio, el tedio, incluso hasta la perversión, directos hacia una trampa ya corrompida desde su inicio. Sus personajes son muy diversos, por ejemplo en Las Vereditas, tres niños ocultan un extraño vicio que los llevará a firmar su propia sentencia; en El Ministerio, un hombre se lo juega todo en el número de una lotería macabra; el protagonista de El sofá de tus olvidos huye con el hacha de Dostoievski arrastrando por la ciudad el sofá de su difunta esposa; en El dios del faro, tres fareras se consumen en la soledad, la locura y la violencia que les impone el odio que se profesan… Todos ellos, en resumen, terminan atrapados, agotados y rotos, sin fuerzas para mirar atrás. A veces, se prende una luz y aparece la esperanza.
Después de recorrer distintos géneros y universos narrativos ¿Qué tipo de historia le gustaría explorar en su próxima obra?
Soy muy supersticiosa con eso. Nunca comparto con nadie mi siguiente proyecto. Sucede igual que cuando despiertas de un bonito sueño o de una pesadilla y se lo quieres contar a alguien. No importa la claridad o la emoción con que lo cuentes, nunca resulta tan maravilloso o tan espantoso como lo que soñaste.
Mirando su trayectoria como escritora ¿Qué ha sido lo más valioso o sorprendente que le ha aportado la literatura?
Lo más sorprendente es mi propio asombro. La sorpresa de descubrirme cuando me releo y preguntarme ¿Yo fui la que realmente escribí todo esto? Me impresiono cuando alguien me dice que mi imagen de mujer mayor, de abuela sosegada y amable no se compagina con las emociones desbordadas o el delirio de mis personajes, las escenas sensuales o grotescas, las tramas retorcidas, los finales que no se cierran con total premeditación y alevosía, la ansiedad que desatan algunos de mis cuentos (no es luz todo lo que nos encandila). En cuanto a lo más valioso, la escritura me llevó a renacer por tercera vez, ahora en una nueva versión de mí misma, me hace sentir que tengo un nuevo propósito en mi vida. Estoy completa, tengo a mi familia y a la escritura. Pero no siempre es fácil; el endiosamiento de la escritura es un mito; exige trabajo y constancia, acarrea dudas, miedo, épocas de hambre y sequía, la tentación de renunciar; sin embargo, de tanto en tanto, me permite alcanzar “ese estado de gracia”. Me gusta escribir. Disfruto y sufro escribiendo. Soy una mujer que escribe. Me gusta ser esa mujer.
¿Qué le diría a los lectores que se acercan por primera vez a sus libros y están a punto de descubrir el universo literario?
Leer por primera vez un libro de un escritor o escritora que no se conoce es un acto de fe: hay que arriesgarse. Invito a mis posibles lectores a que se arriesguen a leerme. A leerme despacio disfrutando de la sazón de las palabras, del juego de la trama y las pasiones que dirigen a los personajes cualquiera sabe hacia dónde, pero, también les advierto que no siempre encontraran una lectura amable, una gratificación facilona y constante, una almohada suave y placentera donde apoyarse, porque hasta la gente más feliz y más loable tiene remordimientos y pesadillas y evita mirarse en un espejo demasiado sincero. Atrévanse como quien se atreve a sumergirse en un estanque desconocido, con los pies descalzos y sin saber lo que puede acechar en el fondo.
Publicada originalmente en Publishnews


