
La escritura es una de las actividades más baratas, poderosas y al alcance de cualquiera que podemos encontrar
La autora y coach Tatiana Valero Maynar ha convertido el dolor en aprendizaje y la pérdida en un camino de transformación. A través de sus libros, Nuestro último año juntos (2023) y Juntos a través de las cartas (2024), comparte una experiencia profunda y honestamente íntima pero global: el acompañamiento en la enfermedad, la despedida y el duelo por la pérdida de su ser querido. Desde la vulnerabilidad y la honestidad, Tatiana nos muestra cómo la escritura, el agradecimiento y la aceptación pueden convertirse en faros en medio de la tormenta. Su labor como coach nace de esa vivencia y ofrece un espacio seguro donde transitar el dolor, reconectar con uno mismo y redescubrir la esperanza, incluso cuando la vida nos enfrenta a los desafíos más difíciles.
Tatiana, ¿en qué momento sentiste que tu experiencia personal debía transformarse en un libro para ayudar a otros?
Empecé a escribir en un momento de mi vida en el que todo estaba cambiando y la intensidad de mi día a día era cada vez mayor y más difícil de gestionar. A veces reflexiono sobre cómo y por qué decidí empezar a escribir y creo que fue porque no tenía la fuerza suficiente para llevarlo sola. Era consciente del peso que suponía lo que estaba viviendo y que no podía pedirle a nadie que cargara con algo así. Así que recurrí al papel.
Mientras escribía, en algún momento sentí que lo que estaba viviendo era algo que muchas personas vivían pero que apenas se comparte porque son experiencias demasiado dolorosas y personales como para hacerlo. Y como escribir a mí me estaba ayudando, sentí que compartirlo podía ayudar a otros y decidí pasar del “qué dirán”, del “que pensarán” y poner mi experiencia al servicio de los demás.
Ahora, cuando veo cómo esta llegando a gente como tú y recibo cómo esta ayudando a tomar conciencia de muchos aspectos de nuestra vida que a veces no valoramos, me reafirmo en la importancia de compartir nuestras experiencias y, de algún modo, se está convirtiendo para mí en un propósito en sí mismo: que quien lo necesite pueda encontrar en mis libros una referencia, una experiencia personal, una historia real y sienta que no pasa nada por compartir lo que se vive y hablar de los miedos y emociones que aparecen en estos procesos.
Yo lo he hecho, he mostrado mis emociones sin filtro y de hecho muchas personas sienten que se han colado en mi vida y eso ha hecho que se permitan también contarme la suya porque saben que, de algún modo, les voy a entender.
En Nuestro último año juntos, narras el proceso de la enfermedad y la despedida. ¿Qué fue lo más difícil de escribir y qué fue lo más sanador?
No siento que hubiera algo más o menos fácil de escribir. Lo verdaderamente difícil y doloroso fue vivirlo.
Pasar de estar de vacaciones a encontrarme, de repente, esperando en una sala a que mi marido saliera de quirófano, sin saber si iba a hablar, si iba a poder moverse o si se iba a poder curar. Ver cómo tanto la enfermedad como los tratamientos iban afectándole poco a poco. Estar a su lado y ver cómo la persona con la que había compartido mi vida y formado una familia iba desapareciendo. Acompañarle sabiendo que se va a morir, que no tenía cura, y aún así seguir a su lado día tras día, sin saber si aquella conversación sería la última, si ese paseo sería el último que daríamos, o si al decirle buenas noches volvería a despertar al día siguiente.
Escribirlo fue una forma de poner en palabras y ordenar todo lo que estaba cambiando en mi vida y que me resultaba muy difícil de gestionar con la muerte rondando por nuestro lado sin saber cuando llegaría, y con cuatro niños pequeños que no podían, ni querían, entender que su padre se iba a morir.
¿Cómo te ayudó el agradecimiento a sostenerte en medio de una situación tan dolorosa?
El agradecimiento me ayudó desde el primer día y fue una de esas cosas que me permitió no dejarme arrastrar por las malas noticias que constantemente iban llegando. Me ayudaba a seguir poniendo en valor, a pesar de lo que estaba vivido, todo lo que seguíamos recibiendo..
Cada vez que pasaba algo, intentaba imaginar un escenario aún peor y daba gracias porque, a pesar de todo, eso no nos hubiera pasado a nosotros. Y cuando llegó el momento en que ya no había nada más que hacer, más que esperar, empece a agradecer por todo el tiempo que habíamos compartido juntos y porque la vida nos hubiera regalado ese último año para despedirnos.
El agradecimiento nunca me quitó el dolor, pero sí que evitaba que cayera en el victimismo, y me permitió ver y poner en valor lo que tenía ¡qué siempre ha sido mucho! Por eso siempre animo a dejar las preocupaciones de vez en cuando e incorporar el agradecimiento en nuestra vida diaria, especialmente cuando las cosas te van mal, porque es precisamente entonces cuando más ayuda. Las enfermedades pueden ser muy crueles, nos puedes cegar y dejar de ver la vida con perspectiva, olvidar lo mucho que hemos recibido y lo que seguimos recibiendo.
En Juntos a través de las cartas, la escritura se convierte en refugio. ¿Qué poder tiene la palabra cuando el dolor parece desbordarnos?
La escritura es una de las actividades más baratas, poderosas y al alcance de cualquiera que podemos encontrar. Escribir ayuda a expresar lo que vivimos y sentimos. Nos obliga a parar y a apartar todo lo superfluo. Nos regala un espacio y un tiempo para reflexionar, para expresar y poner en palabras lo que nos ocurre y prestar atención a nuestras emociones, ya sean alegrías o tristezas. Adentrarte en tus pensamientos, expresarlos libremente sin sentirte juzgado y conocerte y entenderme mejor.
Porque en nuestra cabeza convive todo al mismo tiempo: las alegrías, las preocupaciones, el trabajo, los niños, la familia… y muchas veces no somos capaces de poner orden a todo ese barullo que tenemos en nuestra cabeza y la escritura te ayuda a eso: a ordenar y entender mejor lo que estás viviendo. No cambia la realidad, pero sí que te hace ser más conscientes de ella. Y cuando eres consciente de algo es mucho más fácil tomar decisiones y seguir adelante.
Ese es el gran poder que tiene la escritura.
¿Qué aprendiste sobre la convivencia entre fuerza y vulnerabilidad durante tu proceso de duelo?
Mi aprendizaje es que ambas, la fuerza y la vulnerabilidad conviven constantemente.
Tras una pérdida es normal sentirse vulnerable. De hecho, es importante permitirse sentir esa vulnerabilidad sin culpa. Pero al mismo tiempo, aparece una fuerza interior que nos hace ir atravesando todas las emociones que van surgiendo y adaptar poco a poco la vida sin esa persona.
Sin embargo, sería un error pensar que gracias a esa fuerza podemos con todo, tenemos que llegar a todo o que debemos ser siempre fuertes y superarlo rápidamente. Existen muchos “debemos”, muchos «tenemos que» que como sociedad nos hemos impuesto y que, en momentos de pérdida pueden llegar a penalizarnos.
No hay que olvidar que las pérdidas duelen, desestabilizan, pueden llegar a hacernos replantearnos la vida y eso nos hace vulnerables. Y necesitamos tiempo para aprender a convivir con la ausencia y que forme parte de nuestra vida de forma diferente para volver a encontrar un nuevo equilibrio y una nueva forma de ser feliz.
Yo diría que la ‘receta’ de cada persona está en encontrar ese equilibro entre permitirse sentir esa vulnerabilidad y, al mismo tiempo, tener la determinación de atravesarla, sentirla, comprenderla e integrarla. Una receta muy personal que cada uno va elaborando a su manera.
Como coach, ¿cuáles son las herramientas que consideras esenciales para acompañar a alguien que atraviesa una pérdida?
Acompañar a alguien que atraviesa una pérdida requiere, sobre todo, mucha empatía y mucha escucha.
A menudo tendemos a acompañar desde el «hacer»: aconsejar, recomendar, intentar cambiar cómo se siente la otra persona o buscar soluciones rápidas. Pero ese no es realmente el lugar desde el que acompañar. .
Desde mi experiencia, una persona que acaba de perder a alguien se encuentra en un estado que muchas veces ni siquiera sabe describir y lo único que necesita es poder estar, sentirse escuchada, sostenida, acompañada, querida. Sentir que hay alguien cerca que está dispuesto a escucharle sin juzgar, y ofrecerle apoyo y cariño, respetando el ritmo que necesita.
Solo se necesita estar. Algo que parece sencillo pero que puede ser tremendamente difícil.
Muchas personas temen «no saber cómo» afrontar la enfermedad de un ser querido. ¿Qué les dirías desde tu experiencia?
Desgraciadamente es muy habitual sentirse así porque vivimos en un entorno que no ayuda mucho, centrados en lo material, donde queremos lo que deseamos al instante, buscamos soluciones rápidas y, además, con los avances de la medicina cada vez hay más enfermedades que se curan, por lo que tendemos a sentirnos un poco «inmortales», y en ningún momento consideramos que la enfermedad o la muerte puedan llegar.
Así que con todo esto, preparase para afrontar la enfermedad y la pérdida de un ser querido es realmente difícil y más si no has pasado antes por ninguna pérdida que te haya ido preparando para afrontar desafíos mayores, como este.
Cuando alguien me pregunta sobre «cómo se hace», lo que suelo decir es que es importante ser consciente de que acompañar a un enfermo no es un camino fácil, que implica cierto grado de soledad, algo de sufrimiento y mucho esfuerzo. Y que además te obligará a trabajar aspectos como:
- La aceptación. Saber que tocará aceptar cosas que no gustan: complicaciones, situaciones difíciles, incluso la propia la pérdida, pues evitarlo solo aumenta y prolonga un sufrimiento innecesario.
- Y por otro lado que te toca tomar decisiones, algunas más importantes que otras, y algunas más difíciles que otras, y casi todas muy dolorosas. Y hay que preparase para ello.
También le diría que es importante cuidarse mentalmente y dedicar tiempo a tomar conciencia de lo que sucede, valorar las cosas buenas que nos siguen pasando cada día y agradecerlas… y pedir ayuda cuando la necesitamos.
Afrontar la enfermedad de un ser querido es un reto que nos exige estar, mucha paciencia y cuidado, y reconocer la dificultad y prepararnos ayuda a hacerlo con mayor serenidad.
¿Cómo se transforma la relación con quien hemos perdido a través de la memoria y el amor?
La persona que fallece se va, pero nosotros nos quedamos, y con nosotros permanece todo el amor, el cariño y los recuerdos que compartimos: todo lo que vivimos juntos y que forma parte de nuestra historia, de nuestro pasado e incluso de quienes somos hoy.
A medida que avanzamos en el día a día, ese amor que antes era físico, necesitamos transformarlo en algo más espiritual (porque ya no está con nosotros) e integrarlo en la vida que tenemos ahora, en nuestro presente, no en lo que nos habría gustado.
Esto se hace día a día, tanto en la vida cotidiana como en los momentos excepcionales. Al principio duele, porque anhelas sentir ese amor de forma física, como antes. Pero depende de tí, y sólo de tí el ir integrando en el día a día esa ausencia y su memoria hasta conseguir transformar la relación que tenías antes en una relación distinta, más espiritual, que te acompañará el resto de tu vida.
¿Qué papel juega la aceptación en la reconstrucción de una nueva vida que no habíamos elegido?
La aceptación es fundamental en todos los momentos de nuestra vida, pero se hace especialmente importante cuando tenemos que reconstruirnos tras la pérdida de un ser querido.
Hay una frase del Dalai Lama que dice: «Nada te hace perder más energía que el resistir a una situación que no puedes cambiar». Y creo que no se puede resumir mejor, porque por mucho que llores, patalees y te resistas a aceptarlo, no va a cambiar nada la realidad y solo te va a traer sufrimiento.
Hay que entender que aceptar no es resignarse, ni rendirse, sino comprender y reconocer cómo son las cosas, dejando de lado cómo nos gustarían que fueran. Y te puedo asegurar que desde el instante en que lo haces empiezas a poder adaptarte a la nueva situación y seguir adelante.
Tras una pérdida, hay muchas cosas que cambian y son muchas las cosas que tenemos que aceptar para continuar: su ausencia, su pérdida, su muerte, la impermanencia de la vida, el desequilibrio que se produce en nuestro día a día, los sueños que ya no se cumplirán, los cambios en nosotros mismos y en las relaciones que teníamos, la soledad que aparece por su ausencia, así como la responsabilidad de trabajar nuestras heridas y adaptarnos a como la vida es ahora… no como nos hubiera gustado que fuera.
Aceptarlo cuesta, pero no aceptarlo es un mochila muy pesada para cargar con ella toda la vida.
Si pudieras resumir en una frase el mensaje que deseas dejar con tus libros, ¿Cuál sería?
A través de mis libros quiero transmitir un mensaje de positividad y realismo ante la enfermedad y la pérdida de un ser querido, y acompañar a quienes atraviesan este camino.
Publicada originalmente en Publishnews


