
Hablar sobre los adolescentes sin escucharlos es como hacer un retrato sin mirar a la persona
Sara Vázquez Ugidos nos invita a adentrarnos en un territorio fascinante y a menudo incomprendido: la adolescencia. En su libro ¡No me entendéis. Un viaje a la neurociencia adolescente!, combina su sólida formación en química, neuropsicología y psicología con una sensibilidad especial hacia los jóvenes, dándoles voz a través de testimonios reales y cercanos. El resultado es una obra que no solo explica, desde la ciencia, qué ocurre en el cerebro adolescente, sino que también ofrece estrategias prácticas y respaldadas por evidencia para padres, docentes y cualquier adulto que desee acompañar mejor a las nuevas generaciones. Con un enfoque interdisciplinario y humano, Sara logra tender puentes entre el conocimiento científico y la vida cotidiana, iluminando con claridad los desafíos emocionales, sociales y cognitivos de esta etapa crucial. Hoy tenemos la oportunidad de conversar con ella para conocer más sobre su visión, sus motivaciones y los mensajes que busca transmitir con este libro.
¿Qué fue lo que le motivó a escribir ¡No me entendéis!?
La idea nació de lo que veía todos los días en las aulas. Los adolescentes repiten frecuentemente: «es que no me entendéis», con un tono de frustración, y a la vez escuchas a muchos adultos decir: «no hay manera de entenderles». Esa desconexión me preocupaba, porque ambos lados tenían razón desde su punto de vista. Me pareció importante explicar qué ocurre en esa etapa con un lenguaje claro y, sobre todo, recoger lo que los propios jóvenes sienten y piensan. El libro es mi forma de tender un puente: que los adultos comprendan mejor y que los adolescentes sientan que su voz también cuenta.
¿Por qué decidió abordar la adolescencia desde la perspectiva de la neurociencia?
Porque la neurociencia nos da explicaciones muy concretas de lo que parece un caos. Cuando entiendes que el cerebro adolescente está en plena transformación, miras su conducta de otra manera. No es rebeldía por rebeldía, ni ganas de llevar la contraria: hay procesos biológicos que explican por qué reaccionan con tanta intensidad, por qué buscan riesgos o por qué discuten más. Saberlo nos quita mucha carga personal y nos ayuda a acompañar con más paciencia.
¿Qué cree que los adultos solemos malinterpretar más sobre los adolescentes?
Creo que malinterpretamos dos cosas principalmente. La primera, su necesidad de independencia: lo vivimos como rechazo, cuando en realidad lo que quieren es probar a ser ellos mismos. La segunda, sus emociones. A veces pensamos que exageran, que hacen un drama de todo. Pero para ellos lo que sienten es muy real, y si no lo validamos, se sienten todavía más incomprendidos.
En su investigación, ¿qué descubrimiento sobre el cerebro adolescente le resultó más revelador?
Lo que más me sorprendió fue descubrir cómo funciona la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro encargada de controlar los impulsos, planificar y pensar en las consecuencias. En los adolescentes todavía está en construcción, por eso a veces parecen impulsivos o toman decisiones que a los adultos nos resultan incomprensibles.
Además, en esta etapa ocurre algo muy interesante: el cerebro hace una especie de “limpieza general”, que se llama podación sináptica. Se deshace de conexiones que no utiliza mucho y refuerza las que usa a diario, un poco como cuando borramos archivos del ordenador para que vaya más rápido. Y al mismo tiempo, esas conexiones se van recubriendo con mielina, que es lo que hace que los mensajes viajen de forma más rápida y eficaz.
Cuando aprendí esto me pareció una forma muy bonita de entender sus comportamientos y etapas de desarrollo.
¿Cómo fue el proceso de recoger testimonios de los jóvenes para el libro?
Fue una de las partes más bonitas. Me sorprendió ver lo mucho que querían hablar cuando encontraban un espacio donde no se les juzgaba. Algunos me decían que nunca les habían hecho esas preguntas o que nunca habían podido expresarse así. Escuchar sus experiencias me confirmó que hacía falta un libro que no hablara solo de ellos, sino con ellos.
¿Qué importancia tiene escuchar la voz auténtica de los adolescentes en lugar de hablar solo “sobre ellos”?
Es fundamental. Hablar sobre ellos sin escucharlos es como hacer un retrato sin mirar a la persona. Ellos saben mucho de lo que sienten y de lo que necesitan, pero pocas veces se les pregunta. Cuando les damos espacio para expresarse, no solo entendemos mejor, también mejoran las relaciones: se sienten valorados y respetados.
¿Qué estrategias propone para que padres y docentes acompañen mejor esta etapa?
No hay recetas mágicas, pero sí hábitos que ayudan mucho:
- Escuchar de verdad: dejar que hablen sin interrumpir ni juzgar.
- Poner límites claros: los necesitan, aunque los cuestionen, pero siempre explicando el porqué.
- Dar autonomía progresiva: pequeñas decisiones que les hagan sentirse responsables.
- Compartir tiempo: no hace falta que sean grandes planes, basta con momentos cotidianos que fortalezcan el vínculo.
¿Cuáles son los errores más frecuentes que cometemos los adultos al tratar de comunicarnos con adolescentes?
Uno muy común es minimizar lo que sienten con frases como «eso no es nada» o «ya se te pasará». Otro error es hablar demasiado y no dejarles espacio para expresarse. También confundimos acompañar con controlar: intentamos vigilar cada detalle y eso genera más distancia. Lo ideal es estar presentes y disponibles, sin invadir.
Su formación en química e ingeniería ha sido muy técnica. ¿Cómo influye en su mirada hacia la neurociencia y la psicología?
Me dio una base muy sólida para buscar siempre pruebas y no conformarme con suposiciones. Estoy acostumbrada a analizar datos y a traducir lo complejo en explicaciones claras, y eso me ayuda mucho cuando hablo de neurociencia. Intento que la ciencia no se quede en un lenguaje académico, sino que sea algo útil para padres, madres y docentes.
¿Cómo fue el tránsito personal de pasar de la investigación en química a la docencia y luego a la neuropsicología?
Cuando empecé a dar clases me conmovió profundamente ver cómo muchos adolescentes llegaban totalmente perdidos en la ciencia, sin esperanza de entenderla o de poder superarla. Y, de repente, al trabajar juntos, descubrían que sí podían, que eran capaces de comprender y avanzar. Ese proceso de acompañarlos, de ver cómo ganaban confianza en sí mismos y cómo crecían, me cautivó por completo. Fue ahí cuando decidí que quería dedicarme de lleno a la enseñanza.
Más adelante, con la pandemia, empecé a encontrarme con muchos casos muy complejos: adolescentes con problemas emocionales, de motivación y de salud mental que afectaban directamente a su aprendizaje. Sentí que necesitaba entender mejor qué les estaba pasando para poder ayudarles de verdad, y eso me llevó a formarme más a fondo en psicología y neurociencia. Desde entonces, mi interés ya no se limita a enseñar contenidos, sino a comprender al adolescente en toda su dimensión, para poder acompañarle de manera más completa.
En el libro, combina ciencia y emociones. ¿Cómo logra equilibrar ambos aspectos?
Siempre empiezo explicando la ciencia de forma sencilla, porque si no se entiende, no sirve. Hablo de lo que ocurre en el cerebro adolescente sin tecnicismos. Cuando lo contamos así, cualquier adulto puede comprender que no se trata de caprichos o “inmadurez”, sino de un proceso biológico en marcha.
El segundo paso es aterrizar esa ciencia en la vida real con ejemplos y testimonios de los propios adolescentes. Un joven que parece desorganizado, en realidad está aprendiendo a planificar con un cerebro que todavía se está afinando. Una chica que vive una discusión como una tragedia no está exagerando, sino que realmente siente las emociones con una intensidad mayor porque su cerebro emocional está muy activo. Al unir datos y ejemplos concretos, la información deja de ser teoría de laboratorio y se convierte en una herramienta práctica para que padres y docentes entiendan mejor y acompañen con más paciencia y cercanía.
¿Qué papel juega la inteligencia emocional en el desarrollo adolescente?
La inteligencia emocional es clave. Ayuda a los adolescentes a entender lo que sienten, a manejar la frustración y a relacionarse mejor. Si la trabajamos, ganan seguridad y confianza. Debería estar tan presente en las aulas como las matemáticas o los idiomas, pero la realidad es que todavía ocupa un lugar muy secundario.
Y aquí creo que está el problema: en la enseñanza hablamos de modernizar metodologías, de no centrarnos solo en memorizar, pero seguimos sin ir a lo más importante. Memorizar no es malo, ni hay que bajar el nivel académico; lo que falta es adaptar lo esencial a la forma en la que hoy aprenden los adolescentes y, sobre todo, dar un espacio real a su salud mental. Mientras eso no se ponga en el centro, seguiremos exigiendo mucho en lo académico, pero sin atender la base que sostiene todo lo demás.
¿Qué le diría a un padre o madre que siente que ya “no conecta” con su hijo adolescente?
Que no se rinda. Es normal que haya momentos de distancia, pero no significa que la relación esté rota. Los adolescentes siguen necesitando a sus padres, aunque no lo digan. Mi consejo es volver a lo básico: compartir pequeños momentos, interesarse genuinamente por su mundo y estar disponibles. Muchas veces la conexión se reconstruye poco a poco, no con grandes discursos, sino con gestos cotidianos.
¿Qué mensaje principal le gustaría que quedara en los lectores tras leer el libro?
Que la adolescencia no es una etapa que haya que “sobrevivir”. Es una oportunidad para crecer juntos: ellos construyendo su identidad y nosotros aprendiendo a acompañarlos de otra manera. Si cambiamos la mirada, dejamos de verlos como un problema y empezamos a verlos como lo que son: personas en proceso de convertirse en adultos.
¿Tiene pensado continuar con otros proyectos editoriales relacionados con la neurociencia o la educación?
Sí, absolutamente. La neurociencia me apasiona y me interesa muchísimo descubrir cómo influye en todos los aspectos de nuestra vida, no solo en la adolescencia. Ahora mismo estoy trabajando en algunos proyectos que amplían la mirada: sigo teniendo en mente a los jóvenes, pero también quiero abordar otras etapas y temas que considero igual de necesarios. Aún no puedo adelantar mucho, pero sí puedo decir que mi objetivo es el mismo: acercar la ciencia a la gente de una forma clara y práctica, para que nos ayude a comprendernos mejor y a vivir con más herramientas.
Publicada originalmente en Publishnews


