EntrevistaPor América Gutiérrez ·

La inteligencia del hongo nos obliga a repensar qué significa estar vivos

Naief Yehya

Por momentos, Naief Yehya parece más un micólogo accidental que un ingeniero o ensayista, habla con fervor de las hifas, del micelio y de las redes invisibles que conectan a los hongos con el resto del mundo. Le cuento que después de leer su libro adopté la palabra ‘micelio’ y que la inteligencia del hongo me abruma. Detrás de mi obsesiva declaración hay una intuición seria conversar sobre el libro que presenta en la edición 33 de la Feria Internacional del Libro de Monterrey: El planeta de los hongos (Anagrama, 2025), una inmersión en la historia cultural, tecnológica y biológica de estos organismos que, sin ser plantas ni animales, resuelven problemas esenciales para la vida.

«Cuando me propusieron el tema», recuerda Yehya, «sentí que ya se había dicho todo y me di cuenta de que mi desconocimiento era tan grande que se volvió fértil». Como no es biólogo ni micólogo, lo que le interesaba era preguntarse era cuál ha sido la historia cultural del hongo, quién la ha contado y desde dónde. Vive en Estados Unidos, entre muchas lenguas y culturas, así que es un traductor nato: «alguien que trata de tender puentes entre lo tecnológico y lo simbólico, entre la cultura de consumo y sus zonas más misteriosas». Ese punto de partida lo llevó a un terreno inesperado. «Yo venía de la ingeniería del mundo binario del cero y el uno, donde las respuestas son exactas. Y de pronto me encontré frente a la biología, que es todo lo contrario: ambigua, resbaladiza, impredecible. Eso me descolocó completamente». El proceso de escritura se volvió una suerte de viaje psicodélico intelectual: «Empecé maravillado con los hongos fluorescentes, con las hormigas zombis, con la estética de la divulgación. Pero después llegó el vértigo. Comprendí que ya no veía el mundo con las certezas de antes».

Yehya no pretende hacer divulgación científica sino que recurre a ella como una meditación sobre la percepción, la mente y la cultura. «Si no hay una experiencia literaria, el libro se vuelve un informe. A mí me interesa seducir al lector con algo más profundo que los datos, pero los datos deben ser ciertos y comprobables. Es un equilibrio difícil». Entre las hipótesis que atraviesan el ensayo hay una especialmente provocadora: que los hongos pudieron haber sido catalizadores de la mente y la cultura humanas. Yehya se remonta a la famosa teoría del «mono dopado», según la cual algún homínido, en la sabana africana, habría ingerido por azar setas alucinógenas y, con ello, expandido su conciencia y su capacidad simbólica. «Es una teoría improbable, claro», admite, «pero fascinante. Si aceptamos que algo así pudo ocurrir aunque fuese en pequeña escala, entonces los hongos no solo acompañan nuestra evolución: son parte activa de ella. Quizá su inteligencia nos precede». Cuando una experiencia psicodélica se transforma en relato, se utilizan herramientas lingüísticas rudimentarias. «No podemos comunicarnos telepáticamente, así que traducimos lo vivido en palabras, lo distorsionamos. Pero, ¿y si no distorsionamos? ¿Y si lo que llamamos alucinación es una forma de afinar la percepción, de conectarnos con otra realidad?».

El libro también es una advertencia frente al entusiasmo psicodélico contemporáneo y su inevitable participación en el mercado a pesar del genuino resurgimiento del interés científico en los psicodélicos. «Pueden tener potencial terapéutico real para ciertos padecimientos mentales. Pero no olvidemos que las mismas farmacéuticas que durante décadas suprimieron este conocimiento son las que ahora lo están empaquetando en microdosis de marca. Y del otro lado, los discursos chamánicos se vuelven parte del espectáculo. Todo termina integrado al capitalismo psicodélico. Es absurdo negarlo».

El autor reconoce que el Internet es nuestro micelio contemporáneo. «Cuando los biólogos empezaron a entender cómo funcionaba el micelio, lo compararon con el cerebro humano. Pero en realidad, quien funciona así es Internet: una red de nodos, una inteligencia colectiva que transmite información y energía. No es casual que muchos pioneros de la tecnología digital fueran usuarios de psicodélicos. La interfaz digital tiene algo de viaje enteógeno: inmersivo, vibrante, transformador».

Antes de despedirnos, Yehya recuerda que el libro nació de una conversación con la editora Silvia Sesé de Anagrama. «Fue idea suya», cuenta riendo. «Yo no estaba seguro de embarcarme en otro ensayo largo, pero me dijo: «Tienes que escribirlo tú”»- Sin esa confianza, quizá El planeta de los hongos habría sido una publicación inadvertida, perdida entre las esporas de otro catálogo.

Publicada originalmente en Publishnews

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