Jairo Buitrago. Escribir para niños sin pedir perdón ni permiso
América GutiérrezA Jairo Buitrago le brillan los ojos cuando habla de libros, sobre todo si se trata del álbum ilustrado. Escritor, ilustrador e investigador, sus historias se leen hoy en francés, japonés, árabe o portugués. La conversación comienza con esa influencia del lenguaje cinematográfico en sus publicaciones, a lo que responde sin titubeos que: «hacer un libro ilustrado es mucho más barato que hacer una película». Buitrago imagina cada historia como una secuencia de planos, ahí está la magia, los álbumes ilustrados se parecen a un storyboard. «Yo me apoyo siempre en las ilustraciones. Tal vez por eso me siento más ilustrador que escritor».
El autor visita la capital regiomontana como parte de la delegación de Colombia, país invitado de honor en esta edición de la feria del libro de Monterrey. En el marco del encuentro presenta ¡Ugh! Un relato del pleistoceno, obra que le valió el Premio Nacionald e Colombia de Libro Infantil 2024. Ilustrado por Rafael Yockteng con una técnica de grafito y carboncillo que destaca por su oscura belleza, el libro álbum narra las aventuras de una tribu nómada del Pleistoceno que deja testimonio de su paso por el mundo a través de dibujos en las cuevas.
La charla transcurre con la naturalidad de quien conoce su oficio, pero aún conserva intacta la capacidad de asombro. Sin embargo, nos ponemos más serios y tocamos el tema de los retos que enfrenta la literatura infantil y juvenil en cuestiones de industria editorial: «Las editoriales independientes siguen siendo el alma del libro ilustrado en América Latina. Se arriesgan, apuestan por temas difíciles: migración, violencia, historia».
Buitrago empieza a enumerar editoriales como si nombrara viejos amigos: El Naranjo en México, Lecturita en Argentina, Ekaré en Caracas, Amanuta en Chile. Hay tanto que contar todavía. «México, por ejemplo, podría llenar miles de páginas en blanco con su propia complejidad». También celebra que el lenguaje se haya vuelto más libre, más nuestro. «Ya no necesitamos escribir en un español neutro. Podemos decir arepa, cuate, guayabo, sin explicar nada. La literatura infantil dejó de traducirse a sí misma. Y eso también es político».
Aunque sabe que la literatura infantil todavía carga con prejuicios. «Nos sigue pareciendo un poco ñoña», admite, «pero en el libro-álbum hay un campo enorme para romper los cristales con los que miramos a los niños». La categoría ‘Literatura infantil y juvenil’ no es reciente, pero su reconocimiento y consolidación como campo literario y de estudio sí lo son, especialmente a partir de finales del siglo XX. Buitrago llama a romper las etiquetas, «eso es lo que más me atrae de la literatura infantil y juvenil, es un espacio donde puedo moverme con libertad. Si digo que escribo para niños es porque lo reivindico, aunque mis lectores tengan todas las edades. En esos libros encuentro un oasis, una forma de escribir sin pedir permiso».
Tocamos el tema de los recientes casos de censura y reescrituras «por sensibilidad». Buitrago lo asume con una mezcla de ironía y preocupación: «Si reescriben a Roald Dahl, imagina lo que puede pasar con los autores vivos».” Hay una infantilización del autor: pareciera que escribir para niños te obliga a comportarte de cierta manera, a no tener vida pública, a no decir lo que piensas. Cuenta que incluso ha tenido que cambiar títulos en las ediciones extranjeras de sus libros. «En Estados Unidos y Canadá, Un relato del Pleistoceno se llama Afterward, Everything was Different. El original podía sonar ofensivo para algunos lectores. Lo entiendo, pero también creo que la libertad creativa no debe verse como enemiga de la empatía. Es un equilibrio difícil, un tema que siempre discutimos entre autores y nos reímos diciendo: ‘No vayas a escribir eso, te van a censurar’… hasta que un día sí te censuran».
Jairo Buitrago procura liberar sus libros del peso de lo pedagógico, «a veces el humor, incluso el absurdo, puede ser la mejor forma de enseñar sin querer hacerlo». Para él, lo didáctico y lo artístico no son enemigos. «Hay libros informativos maravillosos. Decir que no quiero hacer nada pedagógico es una ruptura falsa. Al final, cualquier maestro con buena intención puede convertir un libro en una herramienta, aunque haya nacido sin ese propósito. Y me encanta que eso suceda».
Publicada originalmente en Publishnews


