
Creo que no puede existir una buena novela, sea del género que sea, sin una buena historia de amor
Con Pontecastello, Rubén Mayoral presenta un thriller que fusiona misterio histórico, investigación y una mirada crítica a la realidad contemporánea, todo con un tono visual, elaborado y muy cinematográfico. La esperada novela cuenta la historia de Macarena, una documentalista freelance cuya vida cambia al aceptar un encargo aparentemente sencillo que la conduce a un enigma con raíces en la época napoleónica. A medida que avanza la investigación, el suspense se intensifica y salen a la luz cuestiones relacionadas con el poder político y financiero en nuestros días, logrando plantear al lector un juego de sombras y espejos donde nada es lo que parece.
En esta entrevista, conversamos con el autor sobre el origen de la historia, el proceso de documentación y los temas que dan forma a una novela repleta de acción, intriga y giros inesperados.
¿Cómo nació la idea de escribir Pontecastello?
Hay ciertas historias que te acompañan desde siempre y sólo esperan su turno para cobrar vida. Pontecastello es una de ellas. Muchas veces, antes de iniciar su escritura, me planteaba cómo sería la novela, qué tipo de narrador elegiría, cómo tenía que ser su protagonista… No surgió de forma espontánea, sino que partió de una idea madurada durante años.
¿Qué le inspiró a convertir una antigua pistola de avancarga en el punto de partida de la historia?
Soy hijo y nieto de maestros armeros; y soy de los que creen que el mundo funciona mejor cuando los jóvenes respetan y veneran a sus mayores. Por eso, aunque no haya seguido la tradición familiar, siento devoción por la armería y todo lo que la rodea. De niño, cuando visitaba a mi abuelo, me dejaba jugar con viejas pistolas inutilizadas. Mi padre continuó con el oficio y crecí rodeado de armas antiguas. Estoy familiarizado con ellas y conozco sus detalles. A la hora de elegir un objeto que me permitiera conectar el pasado con el presente, fue inevitable elegir una pistola. Además, me pareció un bonito gesto, un pequeño homenaje. Mi padre me corregirá cuando la lea, haciendo hincapié en algún detalle técnico que he pasado por alto; y mi abuelo, desde el cielo, si pudiera verla, estoy seguro que esbozaría una sonrisa cómplice.
Macarena es una documentalista freelance que atraviesa un momento complicado. ¿Cómo construyó un personaje tan cercano y humano?
Cuando intentas proyectar demasiada perfección sobre un personaje, corres el riesgo de perder naturalidad y que deje de ser creíble. Macarena es audaz, atrevida e inteligente, una mujer de armas tomar moviéndose en un entorno complejo y hostil. Si me hubiese quedado ahí, en su perfección de luchadora, hubiera resultado fría, distante, y el lector no se vería reflejado nunca. Sin embargo, Macarena también es humana y, como tal, falible. Su vida sentimental es un desastre, en lo laboral ha dado un salto al vacío sin red, pertenece a una generación frustrada, comete errores y no está familiarizada con ciertas situaciones en las que se ve involucrada, lo cual la desconcierta y hace aflorar sus flaquezas. Esta humana debilidad es la que la acerca al lector y provoca esa empatía que muchos sentirán hacia ella.
La novela conecta el presente con el periodo napoleónico. ¿Qué proceso de documentación llevó a cabo para recrear esa época?
Fue un trabajo arduo y concienzudo. Se trata de un periodo histórico que siempre me atrajo y para mí fue un placer volver a él. Manejé una treintena de libros solo para la parte histórica, que apenas es una pequeña fracción de la novela. Pero más allá de recopilar información, lo que buscaba era amoldar mi mente a las circunstancias del periodo revolucionario y napoleónico, sumergirme en un viaje en el tiempo e intentar evocar en cómo se sentirían quienes lo vivieron. Este proceso, además de lecturas, exigió esfuerzo mental por mi parte; por eso trato de narrar con crudo realismo algunos pasajes históricos, apoyándome siempre en textos académicos, pero enfatizando en lo humano, aún a riesgo de alejarme del canon. Espero que el lector aprecie este enfoque tan atrevido.
¿Cuál fue el mayor reto a la hora de equilibrar los hechos históricos con la ficción?
Lograr que fueran indistinguibles. Me gustaría que el lector recorriese cada escena sin ser capaz de discernir ficción y realidad. Esa coherencia es extremadamente difícil de alcanzar en literatura, pocos lo consiguen. Se trata también de un juego entre el escritor y sus lectores, una forma sutil de hacer la lectura más entretenida y estrechar la conexión autor-lector. Espero haberlo conseguido, aunque ese veredicto no me pertenece.
El suspense se mantiene hasta el final. ¿Planifica todos los giros desde el principio o la historia evoluciona durante la escritura?
La narración vive en continua evolución. Soy metódico y tracé un plan inicial muy elaborado, pero lo iba mutando a medida que avanzaba. Dibujé esquemas tan complejos que tuve que recurrir a los rotuladores de colores de mis hijos para poder entenderme yo mismo. Pero como dice uno de mis personajes, los planes solo duran hasta que se ponen en práctica. A medida que avanzaba se me ocurrían nuevas ideas, y esto me obligaba a modificar partes sustanciales de lo que ya llevaba escrito. Muchos de los golpes de efecto no estaban en los esquemas; simplemente, surgieron. El proceso creativo no debe ser rígido, ha de gozar de su propia libertad para ser genuino.
Además del misterio, la novela aborda temas como la manipulación, la desigualdad y los nuevos populismos. ¿Qué importancia tienen estos asuntos dentro de la trama?
Resulta inevitable que aquellos asuntos que preocupan al autor afloren en su obra. Unos lo hacen de forma explícita, como es el caso de la manipulación o los populismos, que son parte del argumento, sobre los que me documenté y sobre los que se habla largo y tendido; otros se muestran de forma más velada, como la crisis intergeneracional, educativa o de vivienda. La lectura es una tarea silenciosa que exige concentración e invita a la reflexión. Por lo tanto, es un arma poderosa para invitar a los lectores a meditar sobre ciertos temas que, a menudo, pasan desapercibidos e influyen en nuestras vidas mucho más de lo que creemos. Al incluir estos asuntos no sólo buscaba dar color a la narración, sino invitar a reflexionar sobre ellos.
¿Hubo algún personaje que terminara sorprendiéndole mientras escribía?
Macarena, sin duda. Los demás obedecían a un rol, todos tenían una función para la que habían sido creados y entraban o salían de la escena cuando tocaba; pero Macarena era el hombro tras el que me parapetaba siempre y esa presencia continua hizo que cobrase vida propia, que evolucionase por sí misma, al mismo ritmo que yo evolucionaba escribiendo la novela. A veces, tras escribir un par de escenas, me daba cuenta de que las cosas que decía, cómo respondía ante los desafíos, mutaban su personalidad o la dotaban de un rasgo que no poseía antes, y me gustaba. Entonces, incorporaba este nuevo matiz al personaje (a veces, teniendo que modificar alguna escena anterior a causa de ello). Incluso tras haber puesto el punto final, en los últimos repasos del manuscrito, modifiqué alguna reflexión suya y más de un diálogo. Llegué a asustarme de cómo un personaje de ficción parecía cobrar vida cuando pensaba en ella. Son las consecuencias de enfrascarse en un proyecto apasionante de forma tan obsesiva, como hice con Pontecastello.
¿Qué papel desempeñan el amor y la pasión dentro de una historia dominada por la intriga y la acción?
Son fundamentales. Creo que no puede existir una buena novela, sea del género que sea, sin una buena historia de amor. Se escribe con las vivencias, los anhelos, lo que uno experimenta, siente, observa, lee, admira o sueña. Esos son los ingredientes con que el novelista cuenta para su receta. Y el amor es imprescindible. Es algo para lo que todos estamos dotados, que nos hace mejores o peores, desata nuestras pasiones y condiciona nuestras decisiones a lo largo de toda la vida. Quizá, es el factor más decisivo en la elección del camino a seguir. Por eso ninguna buena historia puede pasar por alto su influencia. Pontecastello no lo hace. El amor está presente en las partes históricas y también en la trama principal, con alguna velada reflexión que espero los lectores sepan distinguir entre líneas.
¿Hay algún escenario de la novela que tenga un significado especial para usted?
Elegí escenarios conocidos, lugares por los que ya había paseado, en los que había estado y que podía describir con detalle, lo cual no quiere decir que no me documentase sobre ciertas localizaciones. Lo hice así para agudizar esa perfección que buscaba en la narración. Todos son lugares bonitos y especiales: Madrid, Segovia, Córcega, Liguria; pero su elección obedeció a criterios narrativos más que personales.
Ha trabajado veinte años en minería subterránea. ¿Cómo ha influido su dedicación profesional en su forma de escribir?
Para mí escribir es una forma de ver la vida y de reflexionar sobre ella. Es indudable que el oficio que he desempeñado durante tantos años ha influido en mi manera de hacerlo. Bajo tierra trabajamos sujetos a reglas inmutables y mucho más exigentes que las normas morales o políticas: las leyes de la naturaleza. En la mina, a diferencia de en el exterior, si te saltas las reglas puedes estar muerto en cuestión de segundos o matar a los que tienes a tu alrededor. No es una diferencia sutil. Allí abajo, hasta el aire que respiramos se introduce de manera artificial, trabajas a kilómetros de distancia de la bocamina y a cientos de metros de profundidad. Estas circunstancias, además de dificultar mucho todos los aspectos propios del trabajo, hacen que debas ser perfeccionista y detallista. No puedes pasar por alto las señales que el terreno te transmite, por pequeñas que éstas sean. Se vuelve uno precavido, observador, aprendes a fijarte en los detalles. La mina te hace también escéptico y eficaz, porque cuando de equilibrar las presiones del terreno o asegurar el sostenimiento se trata, no sirven los atajos ni la demagogia, no tienes a quién echar la culpa. Sólo existes tú y el macizo rocoso, como dos antagonistas midiéndose antes de una pelea. O lo haces bien, o colapsa. Ese contacto con la realidad elemental, con las leyes universales, es algo que nuestra sociedad actual parece haber perdido, abstraída en su banal indolencia. La gente se comporta a menudo de forma irresponsable, comete errores graves con terribles consecuencias, y creen que todo se arregla pidiendo perdón. Los mineros tenemos claro que las catástrofes y los muertos no suelen aceptar disculpas.
¿Qué espera que descubran los lectores más allá del entretenimiento que ofrece Pontecastello?
Pontecastello es un juego para el lector, que va descubriendo las claves de la investigación a la vez que su protagonista, Macarena. Todas las pistas se muestran; el lector puede retarse y aventurarse a descifrar el misterio por sí mismo, como en las buenas novelas policíacas. Luego está la parte histórica, una deliciosa ambientación que espero despierte curiosidad en los lectores y, tras leerla, se interesen un poco más por la época y los personajes que se citan. Por último, me gustaría que esos temas de fondo que laten tras el argumento, de los que ya hemos hablado, sirvan al lector para abordar una meditación sosegada y darse cuenta de cómo funciona realmente el mundo en que vivimos; algo que, desde luego, no es como nos muestran.
Si pudiera describir la esencia de la novela con tres palabras, ¿cuáles serían y por qué?
Misterio, libertad y rebeldía.
Misterio, porque es el sentimiento que deseo inocular en el lector a través de la narración, los enigmas y las conexiones entre el pasado, el presente y los distintos personajes.
Libertad, porque habla de cómo las élites nos manipulan con la dulzura de sus cantos de sirena, para que sigamos soportando una pirámide en cuya cúspide habitan solo unos pocos, arrebatándonos así parte de la libertad sin que nos demos cuenta. También habla de unas libertades políticas que nacieron con la revolución francesa, y de mujeres que se enfrentan a un mundo hostil que las penaliza por el hecho de serlo, frente al que se reivindican luchando y mostrándose libres.
Rebeldía, porque es el sentimiento que late en su protagonista y en su forma de llevar hasta el final su investigación, pese a todo. Y también porque creo que es, por mi parte, un acto de rebeldía el haber culminado un thriller literario sin caer en lugares comunes o dejarme llevar por las modas del momento, que muchos escritores imitan en busca del éxito y con gran menoscabo de la calidad. Pontecastello es un grito en favor de la literatura, un clamor por las historias interesantes y bien escritas. Espero que los lectores sepan apreciarlo.
¿Qué consejo daría a quienes desean escribir un thriller histórico con una sólida base documental?
Que elija una época de partida que le apasione. Si el carácter distintivo de su obra va a ser ese carácter histórico, le recomiendo que se centre en aquello que realmente le gusta. Lo demás, será cuestión de horas, esfuerzo y trabajo metódico.
Después de Pontecastello, ¿está trabajando en nuevos proyectos literarios que pueda adelantarnos?
Sí, estoy trabajando en una nueva novela en la que vuelve a haber intriga, misterio y unos personajes realmente interesantes. El que este nuevo proyecto vea la luz o no, dependerá de los lectores, ellos son el alma de los libros. Si les gusta Pontecastello, deben apoyarlo, recomendarlo, regalarlo, hablar de él, ayudarle a volar solo. Es la única forma de llegar a mucha gente, requisito indispensable para que la obra cobre vida. Si lo consiguen, yo continuaré a su lado, se lo prometo. No los abandonaré.
Publicada originalmente en Publishnews


