EntrevistaPor Lorenzo Herrero · · 14 min de lectura

La literatura no elimina los prejuicios por decreto, pero puede aflojarlos al obligarnos a ver al otro como alguien concreto, no como un símbolo

Klaus von Hohenfriedeberg

Nacido en Cochabamba (Bolivia) en 1990 y de ascendencia alemana, Klaus von Hohenfriedeberg ha construido una obra literaria marcada por el diálogo entre culturas, ideologías y experiencias personales. Tras vivir más de una década en Venezuela y establecerse posteriormente en Alemania, encontró en esos contrastes una fuente de inspiración para reflexionar sobre la política, la historia, la filosofía y la fe. Sus novelas y escritos abordan temas como los prejuicios, la identidad, la reconciliación, la búsqueda espiritual y el perdón, invitando al lector a cuestionar sus propias convicciones. En esta entrevista, conversaremos sobre el origen de sus obras, el proceso creativo detrás de ellas y los mensajes que busca transmitir a través de sus libros.

Su vida ha transcurrido entre Bolivia, Venezuela y Alemania. ¿Cómo han influido estas tres realidades en su manera de entender el mundo y en la construcción de su obra literaria?

Estas tres realidades han sido ciertamente determinantes. Después de más de diez años en Venezuela, no me identifico como venezolano; le tengo mucho cariño a su gente y a la tierra, pero sigo prefiriendo una salteña a una arepa, y prefiero un sauerbraten a un pabellón criollo. Por otra parte, me siento muy identificado con la rectitud alemana, aunque hay veces en que necesito la tranquilidad andina para recargar baterías. Vivir esos tres mundos me ha permitido observar de cerca cómo las distintas culturas gestionan los prejuicios, los estereotipos y la identidad. Es precisamente esa experiencia la que se refleja en mis libros: la tensión entre pertenecer y no pertenecer del todo. Me motiva narrar historias de personajes que confían en su modo de ver la vida como único, y que luego tienen su realidad confrontada para terminar descubriendo lo que realmente importa: el hecho de que todos somos humanos a pesar de las diferencias culturales.

En Mi tío, el nazi, enfrenta dos temas especialmente sensibles: el nazismo y el socialismo del siglo XXI. ¿Qué lo llevó a abordar ambos desde una misma historia y qué esperaba provocar en el lector?

Mi tío, el nazi nació de dos experiencias muy concretas. Por un lado, mi familia paterna proviene de la Prusia Oriental. Mi bisabuelo estaba en Bolivia cuando estalló la Primera Guerra Mundial y nunca pudo regresar. El resto de la familia tuvo que abandonar Königsberg y convertirse en refugiados en la Alemania de posguerra. Esa memoria familiar de pérdida, desplazamiento y ruptura estuvo siempre presente.

Por otro lado, viví más de diez años en Venezuela y vi cómo un país lleno de magia se deterioraba: escasez de lo más básico, violencia cotidiana, miedo al caminar por la calle. Cuando volví a Alemania me encontré con una parte de la juventud que desconocía por completo esa realidad, que daba por sentadas las ventajas de un sistema que funciona y que, además, usaba la palabra ‘nazi’ como insulto fácil contra cualquiera que no compartiera su ideología.

Eso me pareció un error grave: vaciar de contenido un término que históricamente significó algo mucho más terrible. Decidí entonces contar una historia en la que el nazismo real —con toda su monstruosidad— y el socialismo del siglo XXI aparecieran en la misma trama, no para igualarlos, sino para obligar al lector a mirar ambos con lucidez y sin comodidad ideológica. Quería provocar exactamente esa incomodidad: que el lector se pregunte qué estamos haciendo cuando usamos palabras tan cargadas de forma tan ligera.

En esa misma novela, el vínculo entre Stefan y su tío abuelo demuestra que las personas son mucho más complejas que las etiquetas ideológicas. ¿Cree que la literatura puede ayudar a romper prejuicios que el debate político suele reforzar?

Sí, lo creo firmemente. En el debate político las facciones tienden a levantar barricadas: no se escucha, no se cede ni un milímetro y se termina juzgando a la persona por la etiqueta que representa, sin llegar a entender las razones de su perspectiva.

La literatura trabaja de otro modo. El lector no está en la trinchera; puede cerrar el libro, volver más tarde y acercarse a los personajes sin la obligación de ganar la discusión. Esa distancia permite algo que la política casi nunca concede: mirar la complejidad humana. En Mi tío, el nazi el vínculo entre Stefan y su tío abuelo existe precisamente para eso. No se trata de defender ni de condenar desde una posición ideológica, sino de mostrar que una persona puede ser mucho más contradictoria y profunda que cualquier etiqueta. La literatura no elimina los prejuicios por decreto, pero puede aflojarlos al obligarnos a ver al otro como alguien concreto, no como un símbolo.

La oveja que escuchó al pastor narra el camino espiritual de un hombre común que descubre que algo esencial le falta en su vida. ¿Qué experiencias personales inspiraron esa búsqueda interior?

La oveja que escuchó al pastor es la historia de mi propio regreso a la fe católica. Hubo tres momentos que desencadenaron esa búsqueda interior.

El primero fue el diagnóstico de cáncer de un amigo cercano cuando apenas tenía treinta años. Mi esposa y yo nos enfrentamos a la pregunta de la teodicea: ¿por qué le ocurren cosas terribles a la gente buena?

El segundo momento llegó de un lugar inesperado. Mientras me capacitaba como Scrum Master, una metodología ágil de trabajo en equipo, me llamaron profundamente la atención dos ideas: la del líder servidor y la de un equipo que funciona de forma profundamente interdependiente. De pronto reconocí en ellas algo que ya conocía: a Jesús como el servidor por excelencia y a la Santísima Trinidad como el modelo perfecto de comunión. Esa coincidencia despertó algo en mi interior.

El tercero fue más silencioso y acumulativo: una serie de situaciones laborales y personales me fueron dejando claro que, por más que me esforzara, necesitaba un apoyo que no podía darme a mí mismo. Necesitaba a Dios.

Esas tres experiencias —la pregunta ante el sufrimiento, el redescubrimiento de lo sagrado en lo cotidiano y la conciencia de mi propia insuficiencia— son el material del que nace el camino espiritual en este libro y en mi vida.

En este libro afirma que el ser humano es cuerpo, mente y espíritu. ¿Considera que la sociedad contemporánea ha descuidado especialmente la dimensión espiritual? ¿Por qué?

Sí, lo considero así. La sociedad contemporánea ha cuidado con enorme atención el cuerpo y, cada vez más, la mente, pero ha dejado en segundo plano, cuando no directamente abandonada,  la dimensión espiritual.

Al desconectarnos de ella perdemos algo esencial de lo que nos hace humanos. Perdemos el ancla que orienta la moralidad más allá del puro interés personal; perdemos el soporte que permite afrontar el dolor y la adversidad con la esperanza de que la vida tiene un sentido más amplio; y, sobre todo, perdemos la capacidad de mirar al otro con amor real. Sin esa dimensión, la humanidad se reduce fácilmente a una suma de necesidades individuales y el egocentrismo se convierte en la actitud por defecto.

No se trata de negar el valor del cuerpo ni de la mente, sino de reconocer que, cuando el espíritu se atrofia, las otras dos dimensiones terminan desordenadas y el ser humano se empobrece.

En Lágrimas de sal, Sven inicia la historia cargado de prejuicios y termina profundamente transformado. ¿Qué representa este personaje dentro de su visión sobre el encuentro entre culturas?

Sven representa, dentro de mi visión del encuentro entre culturas, la posibilidad de una transformación real cuando alguien se atreve a mirar más allá de sus propios prejuicios.

Al inicio de Lágrimas de sal está cargado de ideas fijas sobre lo que considera superior o inferior. A lo largo de la historia, el contacto con otra forma de vivir y de ser lo obliga a cuestionar esas certezas. Lo que descubre no es simplemente que “su ideología era errónea”, sino algo más profundo: que el valor de una persona no reside en su aspecto, en su origen ni en su manera de entender la vida, sino en el hecho de ser un ser humano completo —cuerpo, mente y espíritu— cuya existencia merece ser respetada y vivida.

En ese sentido, Sven encarna lo que el encuentro cultural puede lograr cuando no se queda en la tolerancia superficial, sino que llega a remover las bases desde las que miramos al otro.

Bolivia adquiere un papel casi protagónico en Lágrimas de sal. ¿Qué aspectos del país quería mostrar a los lectores, especialmente a quienes nunca lo han visitado?

Lágrimas de sal la escribí con profundo amor a mi tierra natal. Quería que el lector que nunca ha estado en Bolivia pudiera sentir su variedad geográfica y humana: el valle fértil de Cochabamba, los lagos escondidos entre montañas y, por supuesto, la inmensidad del Salar de Uyuni.

Pero no solo los paisajes. Me importaba mostrar también la riqueza cultural y gastronómica y la diversidad étnica y poblacional que hace de Bolivia un país complejo y vivo, lejos de cualquier imagen simplificada.

En el fondo, Lágrimas de sal es un poema a Bolivia, del mismo modo que Mi tío, el nazi lo es a Venezuela; un intento de transmitir, desde la ficción, el cariño y la mirada de quien ha crecido en ese lugar y quiere compartirlo sin idealizarlo del todo, pero tampoco reducirlo.

En El cielo en San Pedro, comparte un testimonio profundamente personal sobre su regreso a la fe católica. ¿Qué lo motivó a convertir una experiencia tan íntima en un libro?

El cielo en San Pedro puede verse como una continuación, más profunda teológicamente, de lo que ya había narrado en La oveja que escuchó al pastor. Si en aquel libro conté mi regreso a la fe de una manera más accesible, aquí quise ir más al fondo.

El detonante fue una peregrinación que hice completamente solo a Roma, para estar presente en la canonización de San Carlo Acutis y San Pier Giorgio Frassati. Quería dar gracias a San Carlo, a quien considero instrumento de mi regreso a la fe. Durante el viaje, como siempre hago, llevé un cuaderno de apuntes. Al regresar me di cuenta de que aquellas notas habían tomado la forma de algo que quería narrar.

Decidí publicarlo porque sentí que esa experiencia podía ayudar a otros que se encontraran en una situación similar a la mía y, sobre todo, porque en ese momento tomé una decisión que sigue marcando mi escritura: de ahora en adelante, todo lo que escriba lo haré poniendo a Dios en primer lugar.

En esa obra reflexiona sobre el sufrimiento, la teodicea y los sacramentos. ¿Cuál fue la enseñanza más importante que obtuvo durante esa peregrinación a Roma?

Eso es bastante difícil de responder, pues considero que todo el viaje fue una enseñanza completa. Si tengo que quedarme con lo más importante, destacaría dos cosas que se me grabaron con fuerza.

La primera fue comprobar, allí mismo en Roma, cuántos jóvenes están regresando a la fe católica. No lo leí en estadísticas: lo vi en las calles, en las colas, en las miradas. Hay un hambre real de sentido que muchos están empezando a reconocer.

La segunda, y quizá la más profunda, es que los milagros ocurren cada día. Simplemente nuestros ojos, acostumbrados al ruido y a la prisa, casi nunca los perciben. Esa certeza cambió mi manera de mirar el sufrimiento y la vida ordinaria. Me hizo entender que la gracia no está solo en lo extraordinario, sino también en lo que parece pequeño e invisible.

Aunque sus libros abordan temas muy distintos, todos parecen girar en torno a la transformación personal. ¿Diría que ese es el hilo conductor de toda su obra?

Sí, me parece un diagnóstico bastante acertado. Aunque mis libros abordan escenarios y conflictos muy diferentes, en casi todos hay un movimiento de transformación personal. Me atrae especialmente el bildungsroman: el relato de alguien que parte de una forma incompleta o equivocada de mirar el mundo y, a través de la experiencia, va descubriendo una manera más plena de vivir.

En mi caso, esa transformación está profundamente marcada por la idea de redención. No se trata solo de “mejorar” como individuo, sino de dejar atrás una vida que no da fruto para convertirla en una existencia capaz de generar bien. Ese paso, del vacío o del error hacia una vida con sentido, es, creo, el hilo que recorre toda mi obra.

En sus novelas conviven la ficción, la historia, la filosofía y la espiritualidad. ¿Cómo logra equilibrar estos elementos sin que uno opaque al otro?

Es un equilibrio delicado y nunca del todo estable. En cada novela uno de esos elementos tiende a tomar más peso según el material que estoy trabajando.

En Mi tío, el nazi, por ejemplo, la investigación histórica sobre la Prusia Oriental, la cronología de la guerra y la filosofía de Kant fue muy exigente. Como tengo una conexión familiar con esa región, el riesgo era que la historia real se comiera a la ficción. Intenté que los datos y las ideas filosóficas sirvieran a los personajes y no al revés.

En Lágrimas de sal, en cambio, la espiritualidad ganó más fuerza, en parte porque en paralelo estaba profundizando mi fe. Ahí el desafío fue el contrario. que la reflexión espiritual no convirtiera la novela en un tratado.

En el fondo, los cuatro elementos me apasionan por igual. El equilibrio no lo busco de forma matemática, sino escuchando qué necesita cada historia: a veces la historia debe hablar más alto, a veces la filosofía, a veces la fe. La ficción es el territorio donde los dejo conversar sin que ninguno imponga su voz por completo.

Sus protagonistas suelen enfrentarse a ideas preconcebidas, crisis personales o conflictos de identidad. ¿Qué importancia tiene el conflicto interior en su proceso de creación de personajes?

El conflicto interior es, para mí, el verdadero motor de los personajes. Sin él, me cuesta encontrarles vida.

Cuando escribí Mi tío, el nazi, Stefan nació precisamente de un conflicto: quería retratar a una juventud alemana contemporánea que da muchas cosas por sentadas, y enfrentarlo a su tío abuelo, alguien que había vivido una Alemania completamente distinta. Esa tensión entre lo que Stefan cree y lo que descubre es lo que lo hace avanzar.

Sven, en Lágrimas de sal, lo pensé desde el principio como un contrapunto ideológico de Stefan. Aunque son historias independientes, hay un guiño intertextual deliberado. Sven personifica, en cierto modo, aquello a lo que Stefan se opone. De nuevo, el personaje se construye desde una contradicción interna y cultural.

Alejandra fue distinta. Se fue formando mientras escribía y solo tomó forma definitiva cuando salí de un bloqueo. En su caso, el conflicto interior no estuvo claro desde el inicio; apareció con ella, y fue lo que finalmente me permitió entenderla.

En todos los casos, el conflicto interior no es un adorno: es el lugar desde el que el personaje se revela, cambia o se resiste a cambiar. Sin esa lucha interna, para mí no hay personaje verdadero.

En un momento en el que el debate público suele estar marcado por la polarización, ¿qué papel cree que puede desempeñar la literatura para fomentar el diálogo y la comprensión mutua?

Creo que la literatura puede desempeñar un papel importante precisamente porque no nos presiona. En el debate público actual, muchas veces los participantes están más ocupados en no perder la discusión que en escuchar de verdad o en construir algún puente. La literatura funciona de otra manera: no necesita que estés de acuerdo, no te obliga a responder ni a defender una posición. Puedes cerrar el libro, volver días después y acercarte otra vez a lo que intenta decirte.

Esa distancia permite algo que la polarización casi impide: mirar al otro desde dentro. Cuando un lector entra en la conciencia de un personaje que piensa o vive de forma muy distinta a la suya, se produce un tipo de comprensión que el debate ideológico rara vez alcanza. No se trata de convencer, sino de ampliar el campo de lo que somos capaces de entender.

En mis propias novelas he intentado trabajar exactamente en ese territorio: el de los prejuicios que se resquebrajan cuando uno se acerca lo suficiente a la complejidad de una persona real. La literatura no elimina la polarización, pero puede crear pequeños espacios donde el diálogo interior, y a veces también el exterior, vuelve a ser posible.

¿Cómo es su proceso de escritura? ¿Parte primero de una idea, de un personaje, de una experiencia vivida o de una pregunta que desea responder?

En mi caso, casi tiendo a partir de una experiencia vivida. Tanto Mi tío, el nazi como Lágrimas de sal nacieron de algo que yo mismo viví o que me marcó profundamente. Esa experiencia se va transformando en una idea literaria, y encuentra su forma en un personaje que la carga y la recorre.

Los libros más testimoniales funcionan de manera parecida, aunque reduciendo la ficción: parten de vivencias concretas y de una búsqueda espiritual que necesita ser reflexionada y compartida.

En general, necesito que haya algo real —una contradicción, una pregunta que no me deja en paz— para que la escritura tenga fuerza. A partir de ahí, el proceso se vuelve más exploratorio, y la estructura se va acomodando a lo que la historia necesita contar.

Después de explorar la política, la búsqueda espiritual y el encuentro entre culturas en sus libros, ¿qué nuevos temas o proyectos literarios le gustaría abordar en el futuro?

Tengo varios proyectos en distintas etapas. El que más me ocupa ahora es un tercer libro que interconecta Mi tío, el nazi y Lágrimas de sal. No se trata simplemente de una secuela, sino de continuar un arco: desarrollar el cruce entre memoria histórica, ideología y transformación personal que ya aparece en las dos novelas anteriores y explorarlas en la realidad de la década pasada.

Más adelante me gustaría explorar un registro distinto, la historia de un personaje y su perro en un universo alternativo. Es un proyecto más libre, donde se explora una Tierra distinta y puedo trabajar desde otro lugar la lealtad, la pérdida y la identidad.

También tengo pendiente rescatar material antiguo. Por un lado, un conjunto de historias cortas que escribí en la universidad, una colección de mitos que nació en mi alma mater, la Universidad Metropolitana. Son textos de otra época, pero todavía me interesan porque muestran un momento en el que la escritura era puro descubrimiento.

En resumen, quiero seguir profundizando en los temas que ya he trabajado, la transformación, el choque cultural, la búsqueda de sentido—, pero también permitirme salidas hacia lo fantástico y hacia formas más breves y experimentales.

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