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EntrevistaPor Redacción Publishnews ·

Simón Levy «escribo no solo para explicar el mundo, sino para hackearlo

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Explorar China desde una mirada latinoamericana requiere más que conocimiento: exige curiosidad, audacia y un compromiso real con el entendimiento intercultural. Ese ha sido el camino de Simón Levy, el primer mexicano en estudiar Derecho Chino en la Universidad Popular de China, quien desde entonces ha combinado con maestría la diplomacia, la empresa, la academia y la escritura. En esta entrevista, conversamos sobre los aprendizajes de casi dos décadas de inmersión en Asia, el impacto de sus obras anteriores y su más reciente incursión en la ficción con China 2035, una novela que plantea preguntas cruciales sobre el futuro del orden global y el rol de América Latina en él.

Usted fue pionero al estudiar Derecho Chino en la Universidad Popular de China, en una época en la que Asia aún no acaparaba la atención mundial. ¿Qué lo llevó a tomar una decisión tan arriesgada en aquel momento?

Tomé esa decisión por una convicción radical: el siglo XXI no se iba a escribir en latín ni en inglés, sino en caracteres chinos. Mientras América Latina seguía mirando hacia Europa y Estados Unidos, yo entendí que el nuevo orden se cocinaba en Asia. No era una moda, era una intuición estratégica. Aprender Derecho Chino no fue solo adquirir conocimiento jurídico, fue decodificar una civilización entera para comprender su ADN institucional.

Después de casi dos décadas de experiencia en China, ¿qué desafíos personales y culturales le han dejado huella más allá del ámbito profesional?

China me desnudó emocional e intelectualmente. Aprendí que en Oriente el silencio es una forma de sabiduría y que la paciencia no es resignación, sino cálculo. El mayor desafío fue dejar de traducir todo con el diccionario occidental y comenzar a interpretar desde la lógica china. Eso cambió mi manera de pensar, de negociar y hasta de escribir. Me enseñó a escuchar con los ojos ya hablar con los actos.

Su carrera combina diplomacia cultural, empresa y academia. ¿Hay un momento que usted considere como el punto de inflexión que definió su trayectoria?

Fue cuando entendí que no bastaba con ser testigo del ascenso de China, sino que había que traducirlo en puentes reales. El punto de quietud fue transformar el conocimiento en acción: abrir rutas de exportación, crear vínculos diplomáticos, escribir libros, formar jóvenes líderes. Ese cruce entre teoría y práctica, entre la utopía y la infraestructura, definió mi camino.

Comenzó su camino literario con un poemario. ¿Cómo ha evolucionado su vínculo con la escritura y qué rol ocupa hoy en su vida?

La escritura fue siempre un acto de desahogo, pero con el tiempo se volvió un instrumento de insurrección. Empecé con poesía para entender el alma, pasé a la geoeconomía para entender el sistema, y ahora estoy en la ficción para proyectar futuros. Hoy escribo no solo para explicar el mundo, sino para hackearlo.

En China, la nueva fábrica del mundo, anticipó transformaciones geoeconómicas que hoy son evidentes. A la luz de su experiencia, ¿qué dinámicas nuevas ve emerger entre América Latina y China?

El mundo ya no se divide entre izquierda y derecha, sino entre quienes entienden a China y quienes no. La relación con América Latina dejó de ser periférica: hoy se juega en las tecnologías limpias, la infraestructura estratégica y los sistemas financieros alternativos. La trampa sería reducir esa relación a exportar litio o soja. La oportunidad es cocrear instituciones y visiones compartidas de desarrollo.

Ha abordado una gran diversidad de temas en sus publicaciones. ¿Qué criterios utiliza para decidir qué merece convertirse en un libro?

Solo escribo sobre aquello que me quita el sueño o me enciende el alma. Si no hay riesgo intelectual o político, no vale la pena. Mis libros son manifiestos: buscan incomodar, provocar y abrir futuros. No los concibo como productos, sino como catalizadores de cambio.

Con Latinasia logró abrir rutas de exportación hacia China para productos latinoamericanos. ¿Cuál fue el mayor aprendizaje que se llevó como empresario en un entorno tan complejo?

Que competir en China es como bailar con dragones: debes respetar la coreografía cultural, pero también tener reflejos y coraje. Aprende que la confianza es más valiosa que el capital, que un guanxi vale más que un MBA, y que en China no gana el más agresivo, sino el más resiliente.

En su opinión, ¿cómo deberían prepararse los nuevos líderes latinoamericanos para entender y colaborar con potencias emergentes como China?

Dejando de pensar que negociar con China es como tratar con Bruselas o Washington. Necesitamos líderes que hablen mandarín geopolítico, que entiendan la visión confuciana del Estado y que tengan piel gruesa para navegar ambigüedades. Prepararse para China no es solo aprender su idioma, es reconstruir el nuestro.

A lo largo de su carrera ha construido puentes entre culturas, sectores y generaciones. ¿Qué motor personal lo impulsa a seguir cruzando fronteras?

El sentido de urgencia. América Latina no puede seguir siendo la nota al pie del mundo. Me mueve el anhelo de ver a nuestra región dialogar en igualdad con las potencias, no desde la sumisión ni la victimización, sino desde la propuesta. Cruzar fronteras es mi manera de recordarme que no vinimos a este mundo a repetir lo establecido, sino a reinventarlo.

China 2035 marca su incursión en la ficción con elementos prospectivos. ¿Qué le motivó a escribir este libro en clave novelada y qué buscaba transmitir con ese formato?

Porque la ficción es la única forma de decir ciertas verdades sin que te censuren. Quería hablar del futuro sin caer en el academicismo, narrar el colapso del capitalismo sin panfletos, y proponer un nuevo orden desde la imaginación. China 2035 es un espejo incómodo, pero necesario.

En la obra habla de una “era poscapitalista” impulsada por China. ¿Cómo define este concepto y qué implica para el equilibrio económico global?

No es un regreso al comunismo ni una utopía digital. Es un sistema donde el algoritmo vale más que el dólar, donde la estabilidad importa más que la libertad absoluta, y donde el Estado deja de ser enemigo del mercado. La era poscapitalista es el laboratorio chino exportado al mundo: eficiencia sin democracia liberal, innovación sin individualismo radical.

La novela también señala el ascenso de la clase media china como fuerza transformadora. ¿Cómo cree que este fenómeno va a redibujar las relaciones comerciales y políticas con América Latina?

La clase media china no solo consume, redefine valores: quiere salud, educación, turismo cultural. Ahí está la oportunidad para América Latina. Pero ojo: no basta con vender más aguacates, hay que ofrecerle sentido, historia, autenticidad. Si sabemos leer ese nuevo mapa emocional, podemos convertirnos en su aliado más estratégico fuera de Asia.

Publicada originalmente en Publishnews

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